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Los perfeccionistas… ¿pueden conformar equipos de trabajo?

¿Lo convoco o no lo convoco?

La pregunta suena raro, o por lo menos intrigante, por que si hay algo que se mira con muy buenos ojos en el ámbito laboral, es justamente una persona que busca la excelencia constantemente y que en una entrevista laboral, por caso, es su principal fortaleza.
A nadie escapa que tener ese rasgo implica comprometerse con imprimir un sello de calidad a todo lo que hace.
De allí que en un primer momento se relacione esta conducta con productividad, eficiencia y sin duda excelencia.
Pero a poco de andar… “todo lo que brilla no es oro”.
Si bien es cierto que estos comportamientos pueden ser altamente productivos individualmente considerados, rara vez suman grandemente cuando pensamos en incorporarlos o conformar con personas de estas características un equipo de trabajo, ni hablar de uno de alto rendimiento.
¿Por qué?
El perfeccionista y sus conductas son el resultado de reacciones asociadas al sentimiento primigenio de no haber sido lo suficientemente “buenos” frente a los ojos de quienes “grabaron” a fuego el mensaje de “Sé el MEJOR”.
En el afán de lograrlo se va la vida del perfeccionista que busca siempre lograrlo.
No se permiten cometer errores.
Creen siempre tener la verdad.
En consecuencia hayan rigidez e inflexibilidad en sus comportamientos y una de sus máximas aspiraciones es tener la razón.
Si una opinión discrepa con la suya, la prepotencia y la intolerancia son su respuesta (su inseguridad no le permite otra cosa).
Convocarlos a conformar un equipo, trabajar con otros activa en ellos uno de sus mecanismos de defensa. Cargan sobre si toda la responsabilidad de hacer “lo que se tiene que hacer”.
No confían más que en sí mismos.
No delegan. “Como hacerlo si los demás no llegan a imprimir el nivel de calidad y excelencia que yo doy a mis trabajos”.
Aparentan ser perfectos ante los ojos de los demás y como sus susceptibilidad es enorme, si sufriese una observación (que no se la permite) su irritabilidad es mayúscula- aunque no la manifieste se percibe- y el conflicto que se plantea en relación a los vínculos con las personales del grupo entran en convulsión.
No lo exterioriza, pero la ira estalla en el cuerpo.
Dado este cuadro, frente a la posibilidad de convocarlo, de incluirlo, surge el interrogante.
En la medida en que el perfeccionista pueda dar lugar a la aceptación de la presencia y aptitudes del otro- bastante ajeno en su imaginario, por lo menos a la hora de trabajar, podrá dar el salto cualititativo, conductualmente hablando, lo que le aportará flexibilidad y fundamentalmente serenidad.
Nada habrá cambiado, solo su actitud y en consecuencia todo habrá cambiado.

 

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