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EL SILENCIO por Cristina Gimeno

Decíamos en el artículo del mes pasado: “Después de la palabra, el silencio es el otro gran poder en el mundo”.

No solo hay que saber decir, también hay que saber callar.

Si decimos que la empatía es el resultado de “escuchar al otro desde su lugar” la mejor forma es adoptando la postura activa de callar, de hacer silencio.
¿Pero cuál de todos los silencios nos lleva a ella?

Descubrir los múltiples significados de los silencios hace que nuestra forma de comunicar se enriquezca más allá de sus propios contenidos, y encontrar aquel que nos ubica mejor en los zapatos del otro.

Utilizando las palabras para intentar definir los silencios advirtiendo sus matices, podríamos decir que:

Hay un silencio artificioso y uno prudente.
Es artificioso cuando solamente calla para sorprender, bien desconcertando, bien aprovechando lo que hemos oído o visto sin haber querido responder.

Es prudente cuando sabe callar oportunamente, según el momento y lugar en que nos encontremos y según la consideración que debamos tener con las personas con quien nos vemos obligados a tratar.

Hay un silencio complaciente o burlón.
Es complaciente cuando no solo se escucha sin contradecir a quienes se trata de agradar sino también dando muestras del placer que sentimos con su conversación, con gestos que acompañan.
Es burlón cuando muestra una reserva para no interrumpir en las cosas carentes de sentido o desconsideradas que oímos decir o las que vemos hacer.

Hay un silencio inteligente y uno estúpido.
Es inteligente cuando en el rostro de una persona se percibe cierto talante abierto, abierto, que refleja sin la ayuda de la palabra los sentimientos que se quieren dar a conocer.
El estúpido, por el contrario es aquel que inmoviliza la lengua y el espíritu y la persona parece sumida en una taciturnidad que no significa nada.

Hay un silencio aprobatorio y uno de desprecio.
Aprobatorio es aquel que traduce el consentimiento que se da a lo que oye y que acompañado de signos externos muestra nuestra aprobación o la razonabilidad de lo que se está oyendo.
El de desprecio es aquel que implica no dignarse a responder a quienes nos hablan, a los que esperan que opinemos y que da cuerpo al la palabra más fría: indiferencia.

Hay un silencio diplomático.
El diplomático es el de aquella persona prudente que se reserva y se comporta con circunspección, que jamás se abre del todo que no dice todo lo que piensa y que sin traicionar los criterios de verdad, no siempre responde claramente para no dejarse descubrir.
Hay silencios intencionados, caprichosos.

Cada uno de ellos va pautando el ritmo de la conversación.
Con el aprobamos o desaprobamos. Con él nos encontramos a nosotros mismos y los demás, desde lo interno hacia lo externo.
Descubrir su significado hace que nuestra forma de comunicar se enriquezca mas allá del propio contenido, y por parte de quien lo ejercita eficazmente sienta que esta estableciendo las bases de una buena comunicación.

En síntesis, saber callar, para poder desarrollar el sentido de la escucha activa, desarrollar la empatía, dar significado al silencio nos permitirá sentar las bases de una muy buena comunicación.

Para terminar, una última reflexión prestada de un gran amigo:

“Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.”

Octavio Paz

 

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