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Lecciones que nos dan los juegos

Siempre que jugamos, “somos” en toda la dimensión de los que significa “ser”.

“Ser” espontáneos, competitivos, transgresores, respetuosos de las reglas, éticos, decididos, impulsivos o receptores de órdenes. Todo lo que nos podemos imaginar puede manifestarse de nuestro ser en el juego.
Por ello que cuando tenemos ocasión de cotejar el juego como metáfora de lo que nos sucede en la vida y especialmente en el rol laboral, los comprendemos como pequeños conceptos que nos permiten el tan maravilloso “aprendizaje simbólico”.

Vamos con algunos de ellos:
“Siempre se comienza en un cero a cero”: cada encuentro implica un comienzo, un nuevo desafío, una nueva oportunidad de probarnos y comprobar nuestro funcionamiento individual y grupal. Cada oportunidad es un nuevo reto para enfrentar con confianza, compromiso, aportando lo mejor de si y promoviendo la posibilidad que el otro (compañeros de equipo) aporten. Cada trabajo, cada proyecto nuevo es un “volver a empezar”.
“Siempre se compite, no siempre se gana”: aquí la competencia es, fundamentalmente con uno mismo. Competencia por hacerlo bien y hacer que otros hagan la diferencia cualitativa. Importante es darlo todo… los resultados pueden o no darse. Seguramente que si hacemos las cosas bien no tardarán en llegar. A veces tardan más tiempo del que queremos… por allí sirve esto de “no forzar los frutos en otoño”.

¿Seguimos?
“Por más buenos que seamos, hay que entrenar siempre”: el aprendizaje es continuo… siempre tenemos cosas para aprender. Seguir creciendo es el desafío incluso y con más razón, de los mejores.
“Conservar el equilibrio”: no solo individual sino grupal y en todas las posiciones. Si alguien lo pierde… el perjudicado no solo es el desequilibrado sino y fundamentalmente el equipo… Pensemos en los ejemplos cotidianos y simples. Se enoja el dueño de la pelota y se acabó el partido….
“El partido termina con la pitada final”: en Argex decimos que los trabajos se terminan cuando se terminan… No antes. Podemos estar cerca del final poniendo el punto al último párrafo, ajustando el último tornillo o poniendo la firma al acuerdo. Solo cuando dejamos la lapicera o la herramienta, la pitada final se escucha. El “estaba ahí, casi terminado” no nos sirve. Siempre hace falta “el final”.

¿Seguimos? ¡Sin duda en el próximo envío!

 

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